EL DESEO
El era diferente. Lo sentía en sus huesos. Para él las cosas sucedían con una desesperante lentitud. Siempre había tenido esa sensación. Desde que tenía recuerdos. Recordaba esa certeza. El mundo iba demasiado despacio. Desde que tenía recuerdos, recordaba que necesitaba velocidad. La necesitaba como un pez necesita el agua para vivir.
Su madre solía decirle, que ya desde sus primeros pasos, él quería correr. Cuando pudo hacerlo, iba a todas partes corriendo tan rápido como sus lentas y pesadas piernas le permitían. Cierto que legaron a ser más rápidas que las de los demás y no pocos le animaron para que fuese atleta profesional, pero ni siquiera llegó a planteárselo en serio.
Su primera bicicleta le dio un poco más de esa ansiada velocidad, pero una cantidad insignificante. Su primer coche fue una decepción. Ni siquiera pasando de 200 kilómetros por hora veía cubierta su necesidad. Incluso en los trenes de alta velocidad, él veía pasar el paisaje como si fuesen a cámara lenta. Siempre tenía la sensación de estar prisionero de una desesperante lentitud. Se sentía encarcelado en un medio que no era el suyo.
Al principio creyó que era su destino. Había nacido para la velocidad y no era de extrañar que orientase su vida laboral a esa necesidad. Obviamente se hizo piloto de aviones, en el ejército. Un nuevo chasco. Incluso al doble de la velocidad del sonido, el mundo pasaba desesperadamente lento. Volaba en rasante a 1.200 Km/h y aun podía fijarse en las ramas de los arboles, en la hierba, en los edificios y en las gentes agónicamente lentas. Volaba de tal forma que ponía los pelos de punta a sus compañeros, mientras que, a él, aquella lentitud le frustraba.
Su vida podía definirse en esa palabra. Frustración. Sus pocos amigos tenían momentos de felicidad en sus vidas. Él tenía momentos de menor frustración, pero no recordaba ni un solo día que hubiese sido un poquito feliz. No se relacionaba con mucha gente. No salía a divertirse, porque intentarlo aumentaba su necesidad de velocidad. Aumentaba la sensación de estar enjaulado en un universo apelmazado.
Ni se le ocurrió la idea de hablar con un loquero, porque sabía con certeza que estaba loco. Era la única explicación de su necesidad y de la solución que, desde hacía algún tiempo, rondaba por su cabeza.
Estaba cansado. Estaba harto de sentirse pesado. De sentirse atado. De sentir que sus deseos estaban fuera de su alcance. De no saber reír, porque nunca había tenido motivos. La decisión estaba tomada.
Se levantó temprano. Realizó su rutina diaria con la misma lentitud de todos los días. Se enfundó su mono de cuero, su casco y se encaminó al garaje. Montó sobre su potente motocicleta y la arrancó. Ni siquiera el suave murmullo del potente motor le consolaba.
La decisión estaba tomada
Una vez más, forzó todo lo que pudo el motor y enfiló aquella larga y recta carretera. Como otras veces los 320 Km/h de su moto le parecieron aburridos en insípidos, solo que, esta vez, al divisar el final de la carretera no empezó a aminorar. Se colocó erguido y cerró los ojos.
Definitivamente, la decisión estaba tomada.
El impacto contra el muro fue sencillamente brutal. Metal y hormigón saltaron por los aires con aquella asfixiante lentitud. Solo cuando su cuerpo quedo hacho pedazos se sintió libre. En el mismo instante que su cuerpo chocaba contra el muro, su verdadero yo emergía. Sintió como si le hubiesen liberado de un pesado lastre. Su moto no había terminado de chocar contra el muro y solo por una milésima de segundo contempló aquel espectáculo viendo como ocurría a una melosa lentitud. El ya carecía de forma. Carecía de algo físico. Ascendió sobre el paisaje y en poco menos de un segundo se vio vagando por el universo. ¡¡Sí!!, ¡si! ¡si!. Esto era lo que necesitaba. Desplazarse a la velocidad de la luz. Era luz. Siempre lo había sido. Esta era su verdadera naturaleza, su verdadero yo.
Ahora estaba seguro, estaba en su hábitat. Volvía a ser lo que nunca debió dejar de ser.
Una vez, en un pasado, quiso tener cuerpo. Ser algo físico. Experimentar otras sensaciones. Quiso ser humano. Lo quiso tanto que formuló un deseo. Y su deseo se hizo realidad. Ahora todo estaba como debía de ser. Nada le impedía saborear aquella extraordinaria velocidad. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, alcanzó la más explosiva felicidad. Experimento con su olvidada forma. Hizo un par de piruetas alrededor de la luna. Esprintó un par de veces sintiéndose colmado. Bendita velocidad. Bendita ligereza. Flotaba en universo amplio donde podía pasar eones viajando sin obstáculos. Eso es lo que debía de haber hecho siempre. Y ya nunca dejaría de hacerlo.









TERESA santomil gonzalez dijo
Una vez mas disfrute de tu escrito..
Un abrazo
27 Agosto 2011 | 10:56 AM