historias de un colegio
Un día más, Julio se encamina hacia su colegio. Su madre le ha preparado los libros, la merienda, y tras darle su acostumbrado beso, le acompaña hasta el autocar, que le llevará a su centro de estudios.
Julio no va de buena gana.
Es un chico normal, cercano a esa difícil edad de la pubertad, no demasiado alto, no demasiado fuerte, no demasiado nada.
Siendo como es, le encantaría pasar desapercibido, dedicarse a lo suyo. sin meterse con nadie. Él nunca se mete con nadie.
Es buen estudiante. Sus padres son felices con las notas del chico. Los profesores están contentos con su rendimiento. Y sus amigos le tienen por buen chavál. Un poco apocado, pero nada más.
El único que no está contento con Julio, es el propio Julio.
Hay en su colegio, lo que hay en todos los colegios, un grupo de chicos, que la tiene tomada con él desde hace semanas.
Son el típico grupo. Ese tipo de mozalbetes, que, cuando crezcan, a lo único que podrán aspirar, es que sus condenas no sean muy largas.
La tienen tomada con Julio. No por nada especial; Julio no tiene nada de especial. Tan solo le ha tocado a él.
En el autocar, el resto de los chicos charlan, comentan alguna anécdota, ríen. Julio esta serio. Angustiado y preocupado, piensa en la forma de evitar a "los chicos".
Ha probado a dialogar con ellos. Les ha pedido que le dejen en paz, pero, por alguna razón, cuanto más les implora, más le pegan.
Al principio se conformaban con quitarle alguna cosa, ya sabéis como son estos gamberretes. Hoy te tiro los libros. Mañana te quito el poco dinero que llevas. Pasado te empujo un poco...
Pero la última vez se llevó un guantazo de uno de ellos, el más mayor
Este casi le saca la cabeza de alto.
Naturalmente no comentó nada a nadie. Ni siquiera en su casa. Vergüenza, miedo a que dirá su padre, miedo a represalias de "los chicos". Miedo y vergüenza, en definitiva.
Por desgracia, el autobús no tarda mucho en llegar. Ni se ha dado cuenta del viaje. Resignado, coge sus cosas y se encamina a clase. Hoy tocan matemáticas. Le gustan las matemáticas.
El recreo llega con esa rapidez que tiene las cosas que no quieres que lleguen. Intenta quedarse en clase, pero su profesor no se lo permite. No le queda más remedio que afrontar sus problemas. Cuantas veces ha rezado para que desaparezcan. Para que le dejen tranquilo. Pero no sirve de nada.
Lleva un buen rato con sus amigos, jugando a los cromos o cualquier otra cosa, cuando los ve. No cabe duda de que se dirigen a él y no lo piensa. Echa a correr.
Corre tanto como le dan sus piernas. No sabe en qué dirección. No le importa en qué dirección. Mira constantemente hacia atrás, solo para ver, con pánico, no solo que le siguen, sino que le ganan terreno.
Corre por una y otra calle, extrañamente desiertas, no ve nadie que le pueda ayudar.
Gira una esquina y ve, horrorizado, que es un callejón. Un maldito callejón sin salida.
Cuando gira, para volver sobre sus pasos, un puño se estrella en su cara, haciéndole caer. Los chicos le han atrapado. Le dicen que se va a enterar por hacerles correr. Intenta levantarse, solo para volver al suelo de una patada. Ya no espera nada. Solo taparse lo mejor que pueda. Una patada le hace retorcerse, y... ¡espera!... ¡hay un hombre!. Camina hacia ellos. Lo ve caminando despacio, mientras los chicos gritan y se ríen. El hombre no tiene prisa, o eso le parece a él. Viste un traje negro y unas negras gafas tapan sus ojos. No hace ningún gesto. No dice nada. Solo camina hacia donde se encuentran.
Cuando le ven los chicos se detienen. Le dicen algo, el hombre le mira y asiente con la cabeza. Julio ve como el hombre mete la mano tras su chaqueta y saca... ¡una enorme pistola!.
Sin ningún titubeo dispara a la cabeza del chico que tiene más cerca, cayendo este, fulminado. La escena se repite 5 veces, ante el horrorizado Julio, que impotente, ve como caen abatidos sus enemigos. Mira los cuerpos inmóviles lleno de terror. El hombre se acerca sin decir una palabra, sin hacer un gesto y piensa que él es el siguiente. Pero no. No dice nada. Le tiende la mano. Julio duda. O tal vez, el pánico no le deja pensar. El hombre le coge por el cuello del jersey y le levanta. Saca algo del bolsillo. Una tarjeta. Se la da.
A Julio le tiemblan las manos, echa un rápido vistazo a la tarjeta. Cuando levanta la vista, el hombre ya no está. Los cuerpos de los chicos siguen estando allí. Cada uno con una bala en la cabeza.
Julio sale corriendo. Lo hace mientras tiene fuerzas. Cuando, agotado, se detiene, aun sigue teniendo la tarjeta en sus manos. La mira más detenidamente. La sangre se hiela en sus venas
esta es la tarjeta:








licemar dijo
Bufff... Qué cosas tienessss
Posiblemente con esta eficiencia, más de uno y de dos chavales en la escuela volverían a rezarle... claro que... ¿Qué pasa si le rezan también los otros?
Como siempre, sorprendente, original y genial. Me gusta.
Un beso talla XXL... dile que no me apunte, que soy bruja pero inofensiva... creo... ;o)
17 Noviembre 2011 | 12:27 AM